Desde Menorca retomo, después de mucho tiempo, el blog. Llevo ya unos días, los suficientes para apetecerme conectarme a la tecnología. Empezaré con una “descripción” rápida y muy personal: Menorca, lugar donde puedo estar mirando fijamente hacia el mar, tumbada o sentada, sin el habitual impulso de levantarme para hacer algo ( je, je).
La isla tiene un nosequé que te llena de tranquilidad y te despeja...la segunda vez que la visito reconozco paisajes que había intentado retener en mi memoria. Descubro el carácter de su gente, menorquines y menorquinas que no destacan por exteriorizar su simpatía a los turistas pero como me dijo un compañero de Terrassa que me encontré en Maó, “a la gente de Menorca les gusta que vengan de la península, pero para quedarse”. Se reconoce que la actividad económica de la isla no está exclusivamente sustentada en el turismo cómo Mallorca o Ibiza, de muestra un botón: la mayoría de los comercios del centro de Maó cierran a la 20h, ( !!).
La historia vivida en los siglos XIX y XX por los del lugar, le ha dado un toque diferencial: Menorca se especializó en cuero, tejido, calzado, productos lácteos y ha gozado de una posición estratégica aprovechada en su tiempo por las tropas españolas y americanas. Sin olvidar que Menorca fue declarada como Reserva de la Biosfera. Esto la hace poder presumir de proyectar un desarrollo económico y social sostenible con bases más estables que los vaivenes del sector del turismo.
Me apetece enumerar algunos de los lugares en los que me he sentido de fábula por sus vistas costeras, su mar o su gastronomía. Ahí van: la playa de Arenal d’en Castell, la Cala de Sa Mesquida, la Cala d’Alcalfar que conduce a una pequeña pero bellísima calita ( mi preferida) caminando diez minutos, tocando a Morro d’Alcalfar. El pueblo de Binibeca y la Cova d’en Xoroi, el puerto de noche de Ciutadella y la caldereta de “es cranc” en Fornells, ah!, el púding de ensaimada del ”Bar de Sa Mesquida” y los melones de San Lluís.
|